sábado, 8 de septiembre de 2012

 Sobre el amor y los amigos...
El amor y la amistad son, quizás, dos de los sentimientos más honestos y profundos del ser humano, por eso invitamos a dos plumas a dedicarles sus elogios para celebrar esta fecha.
El amor explota
Creo que si tuviera que elegir entre la amistad y el amor, me quedaría con el amor. Amor, bonita palabra: eufónica, bisílaba, aguda. Y tan grande, tan compleja, tan paradójica. El compositor vallenato Leandro Díaz, que es ciego, poeta y sabio como Homero (pero menor), dijo que el amor cada uno lo vive a su manera, no tiene una definición efectiva ni fija. Es algo que se siente y se conjuga en primera persona. Tiene razón.
El amor a los padres es quizá el que más temprano aparece, antes que el miedo, la tristeza o la euforia. Es un impulso primigenio y ancestral, luego vendrán los demás. Ese primer amor evoluciona, se transforma, se reparte entre la familia, hermanos, amigos, pero siempre se mantiene atesorado para entregárselo a una sola persona. Es entonces cuando este sentimiento se conjuga, además, en segunda persona del singular: tú y yo. Mientras la amistad es plural y uno puede tener un millón de amigos, el amor pide exclusividad. En ese sentido, es una emoción más fuerte, más definitiva, pues se recibe y se da en mayor medida, implica el privilegio y el monopolio de alguien que, literalmente, es una en un millón.
Sin embargo, el amor, cuando es bueno, contiene la amistad. Es una condición para que éste perdure. Debes ser amigo de tu pareja, querer su bien. Aunque hay amores no correspondidos, expresados con una fórmula dolorosa y consabida: «te quiero como amigo». Cuántas veces no me dijeron esa frase funesta. Maldita, ser tu amigo es el premio de consolación, pensaba yo, mientras trataba de mantener la compostura y ser un buen perdedor. El amor es asimétrico: a veces las cantidades, las fuerzas en tensión no están equilibradas. Por eso hay amores asfixiantes, deformes, enfermizos. La amistad es más reposada, es una emoción tranquila. Bendita sea la amistad. El amor, en cambio, es voluble, incendiario, en cualquier momento puede explotar. Se expresa en tórridos romances o en crímenes pasionales. Amores que matan nunca mueren, como dice Joaquín Sabina. Tiene el anverso espinoso de los celos, el riesgo de la infidelidad, sin duda el amor duele más. Pero es inevitable, no se puede escapar de él. Y cuando llega nos damos cuenta de que estamos vivos. Sentimos que todavía alguien puede «ararnos las entrañas del alma», como dijo Miguel de Unamuno, español, novelista y sabio como Cervantes (pero menor). La amistad conforta, sosiega. El amor lleva al filo del abismo, que es justo el sitio donde uno cae o empieza a volar.  
 
Por: Antonio García Ángel.

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